La noche de los cristales rotos

                                                                                 

Iehuda Schuster

El comienzo de la hoguera

  

 

En estos días se cumplen 70 años de "La noche de los cristales rotos", que constituyó el presagio de la gran masacre contra el Pueblo Judío.

Mario Tractinsky nos envió el artículo escrito en 1943 por Iehuda Schuster, uno de los líderes del Movimiento,  para Vanguardia Juvenil, el periódico del Dror en aquellos años.

Se trata de un testimonio personal que no debiéramos olvidar. Traemos asimismo una nota escrita por Iehuda en 1988 en el periódico de Mefalsim, cuya vigencia perdura hasta nuestros días. Iehuda firmaba sus artículos con el pseudónimo “Juvenal”.

 

 

Así escribe Vanguardia Juvenil, en su número de Noviembre de 1943:

Este artículo ha sido escrito por un compañero de la sección Bahia Blanca. Relata en el mismo un episodio del cual fué protagonista, en la Alemania nazi.

 

                     Decir las cosas más grandes con las palabras más sencillas

                                             De noviembre de 1938

  

El 8 de noviembre de 1923, hace hoy 20 años, el Partido Obrero Nacional Socialista Alemán (NSDAP), intentó, en la ciudad de Munich, un golpe de estado para apoderarse del gobierno. El putsch fracasó, los pocos demostrantes fueron desbandados y algunos, que opusieron resistencia armada, cayeron muertos.

Cuando diez años más tarde, Hitler llegó al poder, aquellos dieciséis conspiradores, muertos en una fracasada tentativa de revuelta, fueron glorificados y convertidos en los primeros y más grandes mártires del movimiento nazista. Cada año se realizaban en Alemania grandiosos actos en homenaje a los “Caídos del 9 de Noviembre”, funerales llenos de magnificencia e idolatría para honrar a los que seguramente tenían un puesto de preferencia en la Walhalla. (1)

                                                                                                  *  *  *

 

El 3 o el 4 de noviembre (no recuerdo la fecha exacta) del año 1938, cinco años atrás, un judío polaco (2), refugiado en Francia, disparó cinco tiros de revólver sobre un consejero de la legación alemana en París, Von Rath, y se entregó inmediatamente a la policía.

 

El día 9 de noviembre, el consejero de la legación murió. Justo 15 años después de los dieciséis caídos de Munich, otra víctima de la conspiración “judeo-bolchevique-plutocrática-democrática” dió su vida por el Führer. Quién sabe si la muerte no había sido forzada por algún agente de la Gestapo.

 

Nosotros, los judíos que vivíamos en Alemania habíamos recibido con terror la noticia. Después de cinco años de dominación hitlerista conocíamos la psicología nazi y sabíamos que una oportunidad como ésta no iban a dejar escapar.

 

Sin embargo el 9 de noviembre pasó sin sucesos importantes. Los festejos de siempre; y unas pocas frases en la radio, unas pocas líneas en los diarios, fueron todo lo que se refirió a aquel consejero de la delegación muerto por un desesperado judío en la Ciudad Luz.

 

Las 24 horas del 9 de noviembre pasaron, pero el día se prolongó 24 horas más, las 24 horas más terribles que he vivido. A las 2 de la madrugada del 10, fuertes golpes en la puerta y el estridente sonido del timbre de calle nos despertaron. Mi madre salió a abrir. Dos S.S.(Strum-Standarte : Guardias de Asalto) esperaban afuera.

 

“¿Qué desean?” ---- “El señor N.S.” – “Sí, vive aquí” – “Tiene que venir con nosotros”. Nada más. Mi madre había comprendido. Fue a llamar a mi padre y volvió a la puerta.

--“Va a quedar mucho tiempo detenido?” – “No sabemos, pero creo que será hasta que pasen todos estos líos”, fue la contestación textual...

 

Mi padre se fue. Afuera, en la calle, se escuchaban ruidos de vidrios que se rompían; aullidos como de borrachos o de bestias; los pasos de botas sobre el empedrado, los murmullos de los expectadores y los gritos de alegría de los que saqueaban las tiendas destrozadas.

 

 

Poco después, en la plaza principal, ardió una imponente hoguera. Los bancos de nuestra sinagoga, los armarios, los libros de oraciones y los talesim, los manteles y cortinas bordadas en seda y oro del Arón Kódesh, los rollos de la Torá, todo ardía, crepitaba, se consumía en llamas rojas como la sangre, y los reflejos llegaban a todos los rincones de la plaza y de las calles vecinas, tal como la hoguera que Hitler encendió el 1° de septiembre del año siguiente, envió sus reflejos sangrientos a todos los rincones del mundo.

 

Toda la noche continuó la orgía organizada de la destrucción y del terror.

Todos los hombres judíos de 15 a 85 años fueron llevados a la comisaría. Todas las mujeres que no tenían hijos pequeños estaban presas, hasta las más ancianas quedaron encerradas hasta las 10 de la noche, todo el día.

 

25 mujeres en un solo sótano pequeño, frío y húmedo. La mujer del propietario de la más grande tienda de nuestra ciudad dormía apoyada en el hombro de la hermana de un vendedor ambulante. Una dama de nuestra alta sociedad de madre judía y padre cristiano, bautizada decenas de años atrás y casada con uno de nuestros mejores médicos, cristiano, tolerante y progresista, era consolada por la esposa del jazán y shames de la comunidad.

 

Cerca de las 10 de la mañana, se escucharon varias detonaciones. Las mujeres en uno de los calabozos, los hombres en otro, se estremecieron.

“Los están fusilando”, murmuró la madre de uno de mis amigos, “pronto nos tocará a nosotras”.

 

No los estaban fusilando. Estaban volando nuestra sinagoga, uno de los edificios más modernos y hermosos de la ciudad. En otras ciudades quemaban las viejas y veneradas sinagogas construídas  con madera, muchos siglos atrás. La nuestra era de piedra. Para ella había dinamita. Semanas más tarde la comunidad tuvo que pagar 1300 marcos para limpiar el terreno de los restos del edificio. 1000 marcos más pidieron varios vecinos por los daños ocasionados por la explosión.

 

Poco después, los hombres más fuertes, entre ellos mi padre, fueron utilizados para recoger en carros, generalmente tirados por dos caballos, y que esta vez tenían que llevar dos hombres, los vidrios rotos que desde la noche anterior obstruían las calles ante las tiendas saqueadas de los judíos. Una de las más bellas diversiones de los SS, una vez llenado el carro, era empujarlo para echar todo afuera. Había que llenarlo de nuevo. Eran fragmentos de vidrio. Las manos sangraban. Los nazis reían. Pero el carro se llenaba.

 

La misma mañana, varios de los judíos más viejos eran llevados con escolta de SS y policía por la ciudad, expuestos al público como los condenados de la Edad Media. Ninguno se reía de los vestidos rotos, desordenados, sucios, de las caras pálidas y atontadas por el temor de aquellos viejos, sorprendidos durante el sueño y que parecían dormir todavía. La abuela de mi amigo (3), en cuya casa estaba yo en ese momento, cuando vió a su esposo de 76 años en la calle, llevado entre policías como un asesino, lanzó un grito, un grito tal, que no bastan las pobres palabras del diccionario humano para describirlo. Todavía me suena en los oídos aquel grito. ¿Podíamos ayudarla?. ¿Podíamos consolarla?. Lo tratábamos de hacer, pero sabíamos que era inútil y absurdo. El viejo murió dos semanas más tarde en el campo de concentración.

 

El campo de concentración. Aún para los que aquí viven (4) despreocupados de lo que en el viejo mundo sucede, aún para quien no se interesa, no quiere interesarse por el horror de Europa, aún para aquel, la palabra suena lúgubre. Cuanto más para nosotros, que estábamos en todo momento en peligro de conocerlo personalmente. Ningún judío alemán dice Konzentrations-Lager, la palabra es fatídica, funesta. Se dice Lager, se nombra el campo, o abreviado K.Z.

 

Al mediodía comenzó a circular el rumor de que los hombres iban a ser llevados a Buchenwald, el K.Z. más próximo. No lo podíamos, no lo queríamos creer.

 

Pero cerca de la una, dos camiones pararon frente a la comisaría y pocos minutos después salían en dirección al norte.

 

De los 20 que fueron de nuestra ciudad, entre ellos un amigo mío de 15 años y varios ancianos de más de 70, sólo 17 volvieron con vida. Unos después de 10, otros después de 20 días. Dos, padre e hijo, pasaron 3 meses allí, con la esposa que tenía el permiso de inmigración a la Argentina, esperando. No los dejaban salir. Quizá un error. Alguna venganza personal quizá. La esposa estaba al borde de la locura cuando por fin volvieron, enfermo el padre, con cabellos blancos el hijo de 20 años. Ahora están en la colonia Avigdor. (5)

Mi padre volvió el 21 de noviembre... el 21 de diciembre salíamos del puerto de Hamburg, para tocar la tierra americana el último día de 1938.

                                            * * *

Podría contar más, llenar carillas con los horrores de la Alemania nazi, hablar de los K.Z., describir cómo dormían 200 hombres donde apenas había lugar para 50, como desfallecían de sed, y cada vaso de agua se cobraba a cincuenta centavos, cómo el terrible frío de las noches invernales los destruía moral y físicamente, cómo los alimentaron con carne de ballena, y les prohibieron usar el servicio (6), cómo trabajaban arrastrando piedras, como los esclavos de la antigüedad. Quizás alguna vez me anime a emprender esta tarea, que sé, está más allá de mis fuerzas. Debo agregar, sin embargo, que el 9 de noviembre en nuestra ciudad no fué nada comparado con lo que hacían en otras partes. En mi ciudad no rompieron las puertas a puntapiés, no destruyeron los muebles a hachazos, ni violaron a las mujeres, ni maltrataron niños y ancianos, ni arrastraron a los hombres de los piés, golpeando la cara contra el suelo, como sé que lo hicieron en otras ciudades.

 

Pero no quiero escribir más. Sólo quise en este quinto aniversario de aquel día, rendir homenaje sincero y emocionado a las primeras víctimas de Hitler, a mis hermanos de sangre y lengua, judíos de Alemania que sufrieron más que todos, porque no sabían lo que era ser judío, y habían olvidado lo que era sufrir por serlo.

 

Bahia Blanca, noviembre de 1943  

                                                                          Juvenal

 

Notas.

(1)                       Walhalla. El Paraíso, según la antigua mitología germánica.

(2)                       Hershele Grinshpan.

(3)                       Hoy violinista en la Orquesta Filarmónica. Tel Aviv.

(4)                       Aquí: Argentina.

(5)                       Avigdor. Colonia agrícola en Argentina.

(6)   Fueron experimentos para verificar la posibilidad del uso de carne de ballena en caso de necesidad. La prohibición de utilizar los servicios no era más que sadismo neto.

  

                                            A 50 años de la noche de los cristales rotos

                                                  Noviembre 1938 - Noviembre 1988

 

Observaciones del autor

 

Me resulta difícil, aún hoy, después de 50 años, leer lo que he escrito. Ciertos hechos se me han olvidado. Otros, no sé como he podido recordarlos entonces; seguramente recogí fragmentos de información de muchas personas. El acontecimiento en la casa de la abuela de mi amigo, Wolfgang Falk, ahora violinista en la Filarmónica, está grabado en mi mente como si hubiera sucedido hoy, otros acontecimientos mucho menos.

 

Cuando tuvieron lugar los hechos, y también 5 años después, teniendo yo 16 años, jóven refugiado en Argentina, no sabíamos aún la magnitud del Holocausto; algunos meses más tarde se reveló la realidad. Hoy, no deseo cambiar nada de lo escrito. Partes de ello parecen hoy ingenuas, otras no reales; pero así sentí entonces. Cuando del Archivo me solicitaron traducir lo escrito, decidí dejarlo como lo escribí entonces, compañero joven del “Dror”; con el fin de corregir el error de mis predecesores, asimilacionistas, lejanos del judaísmo; por el camino del sionismo realizador.

                                                    Iehuda Schuster

                                                Mefalsim – Noviembre 1988